lunes, 27 de noviembre de 2023

Dominica II de Adviento: El testimonio de las profecías

 Dominica II de Adviento: El testimonio de las profecías


Mateo 11: 2-10

    Juan oyó en la cárcel de la actividad del Mesías y le envió este mensaje por medio de sus discípulos: ¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?

Jesús respondió: 

-Vayan a contar a Juan lo que ustedes ven y oyen: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la Buena Noticia; y, ¡ feliz el que no tropieza por mi causa!

Cuando se fueron, se puso Jesús a hablar de Juan a la multitud:

-¿Qué salieron a contemplar en el desierto?  ¿Una caña sacudida por el viento?  ¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre elegantemente vestido? Miren, los que visten elegantemente habitan en los palacios reales.  Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿Un profeta? Les digo, que sí, y más que profeta.

    A éste se refiere lo que está escrito:

Mira, yo envío por delante mi mensajero para que te prepare el camino.


Explicación de la lectura

    Si el domingo pasado oímos a Jesús proclamarse Juez y Dominador del Mundo, hoy nos hallamos frente a las pruebas que confirman luminosamente su afirmación, demostrando su naturaleza de verdadero Hijo de Dios.

    He aquí de una de ellas: Juan Bautista, desde la cárcel, envía a dos de sus discípulos a Jesús, para preguntarle:

¿Eres tú El que ha de venir, o esperaremos a otros?

¿Que lenguaje es este?

    Para comprenderlo plenamente es necesaria una breve explicación.  Habéis de saber que la historia del pueblo hebreo se centra toda en un Mesías que ha de venir a libertarlo y a fundar el Reino de Dios.

Todo gravita en torno a Él.  Toda esperanza descansa en Él.

    ¡Pequeño y extraño pueblo, ese pueblo hebreo, casi siempre en esclavitud y destierro, destrozado por guerras y banderías, presa y botín de imperios que lo desgarran, reducido a la servidumbre! Y, sim embargo, único en la historia, porque lleva consigo un mensaje formidable.

    El anuncio de un Libertador, que Dios hizo a los progenitores, pasa a las venas de los Patriarcas, padres del pueblo judío, ya que la sangre de este pueblo habrá de venir el Missus, el Enviado de Dios, el Mesías.

    A lo largo de la cadena de los siglos que preceden a su venida, hombres venerados, llamados Profetas, distanciados entre sí en el tiempo, lugar, cultura y condición social, escrutan el porvenir e, iluminados por el Espíritu de Dios, lo ven y anuncian.

    Cual si fuesen grandes pintores, se paran frente al inmenso lienzo tendido ante sus ojos; tarazan unas rápidas pinceladas y pasan.

    Mas al término de la larga espera, el cuadro pintado por esos autores que no se conocen aparece acabado y completo.

    La tribu y la familia de que habrá de salir el Mesías; el tiempo, el lugar y el modo milagroso de su nacimiento, la infancia, la vida pública, el drama de su Pasión, hasta en los mínimos pormenores; su triunfo, todo lo referente a Él está anunciado.  Todo está escrito, de tal manera que, cuando venga Él, podrá decir a sus enemigos, que se obstinan a resistirles: 

¨ ¡ Escrutad las Escrituras!  ¡ Ellas hablan de mí!¨

Tal fenómeno es único en la historia.  Con él, Dios señala de antemano a su Enviado.

Entre tantas profecías Jesús recuerda una, que es de Isaías.  Este Profeta había dicho con respecto al Mesías: 

¨Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán.  Entonces saltarán los cojos como un ciervo y la lengua de los mudos cantará gozosa¨ (Is 35, 5-6).

Jesús cumple esta profecías ante los ojos de los discípulos enviados por Juan, y les dice luego: 

¨Id y referid a Juan lo que habéis visto. ¨

Con tal respuesta, no solamente se vale Jesús de la prueba de las profecías, sino que la confirma con la prueba de los milagros.  Por lo tanto, cuando afirme ser Hijo de Dios tendrá todo el derecho de ser creído.  Sólo dirigiéndonos a Él, para vivir con Él, hallaremos salvación, libertad y vida.







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