Dominica primera de Adviento: Jesús Dominador de los siglos
Lucas 21: 25-33
Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra se angustiarán los pueblos, desconcertados por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán.
Entonces verán al Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria. Cuando comience a suceder todo eso, enderécense y levanten la cabeza, por que ha llegado el día de su liberación.
Y les añadió la parábola:
--Observen la higuera y los demás árboles: cuando echan sus brotes, se dan cuenta de que el verano está cerca. Igual ustedes, cuando vean que sucede eso, sepan que se acerca el reino de Dios. Les aseguró que no pasará esta generación antes de que suceda todo eso. Cielo y tierra pararán, mas mis palabras no pasarán.
Explicación de la lectura bíblica.
Se presenta a un Jesús al horizonte de la historia y a la atención de todas y cada una de las almas.
Esté en víspera de su derrota. Los enemigos, urdiendo su trama de asechanzas, han conseguido, por fin, tenerlo en sus manos. Ya se alza la Cruz para el suplicio infamante.
Él lo sabe y lo anuncia. Y sin embargo, a través de las palabras del Evangelio, se presenta al centro de los siglos como Dominador de los acontecimientos, como Juez de los hombres.
En efecto, El habla del fin de todas las cosas, y su predicación queda demostrada diariamente por cada hoja que se desprende de la rama, por cada gota que cae, por cada fortuna que se derrumba, por cada gloria que esfuma, por cada criatura que muere.
En medio de tanta ruina, Él solo emerge y subsiste. Surge, y está ahí para juzgar a todos, inapelablemente y con sentencia eterna. No es un derrotado quien sobrevive a la ruina de todo.
No es un vencido quien surge para juzgar al ejército exterminado de los vivos y los muertos.
El anuncio de la ruina de Jerusalén, confirmado en sus menores detalles, ofrece la prueba y la garantía de su Divinidad.
Debe, pues, inducirnos y estimularnos a ponernos bien con Él, puesto que su juicio está ya actuando para cada criatura que muere, y hoy mismo podríamos encontrarnos frente al trono de su juicio.
Nos dice Jesús: ¨Muéstrate conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que te entregue al juez y te encarcele... (Mat. 5: 25); ¡Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo! (Hebreo 10: 31).
Un crítico de arte, después de haber contemplado durante largo rato la estatua de Moisés, salió pronunciando estas palabras: ¨¡Suerte que está sentado! ¿Qué habría dicho el Juez de la Capilla Sixtina en actitud de fulminar los rayos de la maldición eterna?
Y qué sensación experimentarían los 80,000 peregrinos de Fátima, el 13 de octubre de 1917, cuando vieron la masa incandescente del sol como desprendiéndose del firmamento para desplomarse y reducirlos a ceniza?
¿Qué será, pues, la realidad?
El que quiera vivir como hombre y como cristiano no puede, por tanto, sustraerse a la realidad de Jesús, Hijo de Dios.
Debe poner la luz de la palabra de Jesús en lo alto de la senda de su vida, si quiere que el camino sea seguro, a cubierto de peligro y libre de temores.
Debe situar a Jesús en el centro de su conciencia, para ajustar todas sus acciones a la ley y para modelar aquélla según su ejemplo.
Recordemos lo que dice el Señor: ¨El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.¨

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